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Estrés y ansiedad.

Nos encontramos ante dos auténticos enemigos del cerebro y la memoria. Estar sometidos a estrés y a estados de ansiedad permanente, es una de las situaciones que más deterioran la calidad de vida y que más problemas mentales y orgánicos provocan, por lo que es primordial no solo prevenirlos, sino también combatirlos.


El estrés y la capacidad de aprendizaje.

Cuando estamos trabajando, hacer una pausa para descansar le sienta bien al cerebro. En estos momentos la corteza prefrontal envía a la amígala y al hipocampo la señal de que hay un respiro en el trabajo; sin embargo, cuando tenemos una sobrecarga de trabajo que nos agobia, la misma amígdala hace que las regiones del tronco del encéfalo liberen grandes cantidades de noradrenalina y dopamina, con lo que se afecta el trabajo de la zona que piensa, se bloquea y ya no mantiene a raya a las áreas cerebrales más profundas, que exteriorizan sus malas formas, volviendo la conducta del sujeto impulsiva y agresiva, y bloqueando su razonamiento lógico y calmado. Al mismo tiempo, a través del hipotálamo y de la hipófisis, la glándula suprarrenal libera cortisol en el cerebro y todo este efecto se incrementa.



Si la sobrecarga continua y se prolonga en el tiempo durante días, semanas o meses, se altera incluso morfológica y fisiológicamente el cerebro. Se crean nuevas dendritas en sus zonas más profundas y disminuyen en la corteza cerebral, de modo que la persona sometida a este estrés no puede controlar la situación ni manejar de forma consciente su comportamiento habitual.

El estrés es una reacción fisiológica que lleva a cabo el organismo con una finalidad defensiva o de alerta ante una amenaza súbita o una situación de tensión mantenida durante el tiempo. Existe un estrés agudo que se presenta de forma inmediata ante una situación momentánea con más o menos componente de violencia. Ante esto enviamos al sistema nervioso concretamente al hipotálamo una señal de alarma que provoca que las glándulas suprarrenales segreguen adrenalina y noradrenalina, pero a continuación en otra zona de las suprarrenales se segrega cortisol, que es la hormona protagonista de la situación de estrés crónico que hemos visto.

De este modo se desarrollan dos frentes de defensa que actúan de manera coordinada para poder adaptarnos a las situaciones de estrés. Cuando se producen conjuntamente y durante un tiempo prolongado, nos afecta en gran medida con síntomas como somnolencia, sensación de nerviosismo y agresividad, falta de concentración, alteraciones de la memoria y dificultades con el sueño.

Hoy es habitual que el estrés y la ansiedad sean parte de la rutina diaria. Cuando se vive de esta manera, creamos una situación de estrés y de ansiedad permanente.

Estar sometidos a cualquier tipo de presión psicológica trae como consecuencia problemas con la memoria, pero por otra parte también en pequeña escala puede favorecer la capacidad de memorizar y ser más eficaz. Un examen, por ejemplo, es una de las situaciones clásicas que se entienden como de gran estrés. Si sabemos gestionar bien esta tensión, el rendimiento puede mejorar; pero si lo gestionamos mal, también nos puede dejar en blanco.

El estrés, cuando es excesivo, afecta a la capacidad de aprendizaje y nos distrae de la situación que queremos memorizar; por el contrario, uno moderado y suave facilita el aprendizaje. Bien gestionado consolida los recuerdos, Por lo tanto, cuando ponemos atención intensa en algo, sin sobrepasar ciertos límites, el aprendizaje es mucho mayor. Esa capacidad de atención determina muchas veces la capacidad de aprender.

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Neurotransmisores afectados.

Una de las consecuencias del estrés es la depresión, pues la exposición crónica al cortisol rebaja los niveles de adrenalina en ciertas zonas del cerebro y, por lo tanto, se pierde la capacidad de atención. Cuando el estrés persiste, disminuye los niveles de serotonina e incluso el número de receptores de esta en la corteza frontal.



La relación entre el cortisol y la pérdida de memoria está más que demostrado en enfermedades que cursan con incremento del cortisol en los que se han determinado alteraciones en el hipocampo. Pero no solo se afecta la memoria, también la capacidad de atención y la toma de decisiones, con lo que las capacidades de razonamiento se ven disminuidas.

También el estrés y la ansiedad afectan a la dopamina, el principal neurotransmisor del placer. En principio, el estrés moderado y pasajero seguido de la presencia de cortisol aumenta la emisión de dopamina en las vías del placer, y este incremento crea una sensación agradable, Pero la exposición crítica a esta situación frena la síntesis de dopamina y la sensación placentera disminuye, por lo que el estímulo cada vez debe ser mayor.

El estrés y la ansiedad pueden contribuir a situaciones neurodegenerativas como el párkinson o el Alzheimer, al provocar que ciertas células cerebrales no se recuperen de a presión recibida y den origen o agraven enfermedades de este tipo.

Deterioro del ADN.

Como sabemos, en el extremo de cada uno de los cromosomas del organismo se localizan los telómeros, que se van acortando de forma natural con el paso del tiempo, cosa que ocurre cuando envejecemos. Hoy conocemos que entre las circunstancias que hacen que se acorten precoz o más rápidamente de lo normal están la ansiedad, el estrés, el dolor crónico, los traumatismos repetidos de índole físico o psíquico, las depresiones, la mala alimentación, etc. En definitiva, situaciones que de una u otra manera producen cierto estrés en el organismo y que al repetirse con frecuencia acortan la vida y nos predispone a un deterioro del ADN.



El ejercicio, el deporte y el sueño combaten el estrés, pero también la alimentación, por lo que es preciso planificar los horarios de las comidas, respetar las cantidades, incrementar el consumo de antioxidantes y suplementos nootrópcios como NootroGen, así como descartar alimentos con gran cantidad de azúcar, grasas saturadas, golosinas, pan y condimentos.

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